viernes, 12 de enero de 2007

Francisco Carrasquer y la obra de Ramón J. Sender

Francisco Carrasquer Launed es el nuevo Premio de las Letras Aragonesas 2006. El escritor, cuya candidatura fue presentada por el Instituto de Estudios Altoaragoneses con la adhesión y colaboración de la Asociación Aragonesa de Escritores, fue seleccionado por el el jurado del Premio, reunido a tal efecto el 12 de diciembre de 2006, presidido por el Viceconsejero de Educación, Cultura y Deporte Don Juan José Vázquez en representación de la Consejera Eva Almunia, la Directora General de Cultura, Doña Pilar Navarrete e integrado por los vocales designados por Orden 20 de octubre de 2006:


D. Juan Carlos Ara Torralba
D. Javier Barreiro Bordonaba
D. José Carlos Mainer Baqué
D. José Luis Melero Rivas
Dª Rosa Pellicero Campos


El premio de las Letras Aragonesas, de perioricidad anual y convocado por Orden de 23 de mayo de 2006, del Departamento de Educación Cultura y Deporte («Boletín Oficial de Aragón» número 65, de 9 de junio), tiene como objeto reconocer una labor continuada o de especial notoriedad e importancia de personas, instituciones o entes aragoneses, en los ámbitos de la creación e investigación literarias.


Francisco Carrasquer Launed (Albalate de Cinca, 1915) es autor de una extensa obra literaria. Como poeta ha publicado: Cantos rodados (1956); Baladas del alba bala (1956 y 2001); Vísperas (1969, 1976 y 1984); y Palabra bajo protesta (1999). 


Como ensayista se le considera el mayor especialista en Sender, sobre el que tiene cinco libros publicados: Imán y la novela histórica de Ramón J. Sender (1968); La verdad de Sender (1982); La integral de ambos mundos: Sender (1994); Sender en su siglo (2001) y Sender, el escritor del siglo XX (2001). También ediciones críticas de Imán y Réquiem por un campesino español y una antología poética, Rimas compulsivas.


Otros ensayos: Felipe Alaiz, estudio y antología del primer escritor anarquista español (1977); La literatura española y sus ostracismos (1980); Antología de artículos (1980); Nada más realista que el anarquismo (1991); El grito del sentido común. De los automatismos a la libertad (1994); Holanda al español (1995) y Ascaso y Zaragoza. Dos pérdidas: la pérdida (2003).


Ha traducido decenas de libros del holandés o flamenco al español entre los que destaca una voluminosa Antología de la poesía holandesa moderna (1971) y Max Havelaar de Multatuli (1975).


(Datos extraídos del número 5 de Criaturas Saturnianas que edita la Asociación Aragonesa de Escritores. Ver aquí).


Carrasquer, Francisco: Ramón J. Sender, el escritor del siglo XX (Lleide, 2001, Editorial Milenio)


Eduardo Godoy Gallardo


Pontificia Universidad Católica de Valparaíso


Universidad de Chile



En el recién pasado 2001, se cumplieron cien años del nacimiento de Ramón J. Sender, uno de los grandes narradores españoles contemporáneos. Con tal ocasión se rindieron una serie de homenajes que se concretaron en Congresos (los celebrados en Huesca, Aragón, y en Sheffield, Inglaterra, por ejemplo) y publicaciones. Una de estas últimas es la que comentamos hoy y pertenece al senderista Francisco Carrasquer, que se ha preocupado en numerosas oportunidades de la creación del autor aragonés. Como muestras de esa preocupación ahí están textos tan importantes como "Imán" y la novela histórica de Sender (Támesis Book, Londres, 1970), La verdad de Ramón Sender (Leiden, Tárraga, Cinca, 1982), Sender en su siglo (Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 2001) y las ediciones críticas de Imán (Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 1992) y de Réquiem por un campesino español (Destino, 1998), entre otros.


Ahora, llega a nuestras manos la última de sus obras ­Ramón Sender, el escritor del siglo XX­ que edita Editorial Milenio. ¿Por qué el título que, de antemano, parece ambicioso y pretencioso? El ensayista lo aclara en las primeras líneas del texto: "porque ha participado en su vida y en su obra en los más grandes movimientos sociales de la vigésima centuria: anarquismo, comunismo, federalismo; porque ha vivido los momentos más trascendentes del pasado siglo en España: la prerrevolución, la revolución, la guerra civil y el exilio [] porque ha conocido y experimentado las más importantes corrientes artísticas del siglo XX, sin ser adepto de ninguna, sino escribiendo y pintando en su propio estilo" (p. 11).


Cumpliendo con esa aproximación general, el ensayista se aproxima a la obra senderiana desde distintos ángulos mediante los que quiere demostrar que Sender es un aragonés universal. El primer capítulo se centra en torno a la consideración de Sender como un producto fundamental del exilio republicano que marca su obra desde 1939 hasta 1982, fecha esta última en que muere. Al momento de salir de España, Sender ha publicado varias obras e incluso se le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1936 por su novela Mister Witt en el cantón. Uno de los principios que Carrasquer ha defendido en forma permanente es la continuidad interna del mundo senderiano y que aquí es la preocupación del ensayo ¿El "último" Sender es para nada el "primero"? (pp. 51-57).


La obra de Sender es abordada desde distintos ángulos: la presencia del llamado realismo mágico (pp. 19-42), la vinculación de Sender con los demás (pp. 43-50), lo que el ensayista denomina trascendentalismo numinoso (pp. 79-86), la preponderancia de lo aragonés en toda su obra (pp. 87-106), una bibliografía comentada (p. 106-135) que abarca noventa y una obras desde El problema religioso en México (1928) hasta Toque de queda (1985), y el intento de señalar las líneas centrales del mundo senderiano.



Este último punto lo aborda Carrasquer en uno de los ensayos incluidos en este texto (Líneas maestras del pensamiento senderiano, pp. 59-78) y en que aborda otro de los tópicos que ha tratado con mayor o menor extensión en distintos estudios: en Sender "se da uno de los más raros fenómenos de escritor y hombre pensante, de artista y filósofo. Desde el principio al fin, Sender es el mismo y diferente [] si lo tomamos desde el principio, ¿hay alguien que como Sender, en su arte de narrador nato, se dé todo ya en la primera obra. En Imán está, efectivamente, todo Sender, y están todas sus grandes novelas" (p. 64). La razón y el sentimiento se aúnan en el novelista aragonés y en su obra se percibe la búsqueda de lo esencial, tanto en el ser humano como en la sociedad: de aquí la calificación de esencialista dada al novelista.


Dos apéndices de sumo interés cierran el texto. El primero reproduce una larga entrevista en que Carrasquer interroga a Sender en el momento en que redactaba su tesis doctoral; el segundo da a conocer una nutrida correspondencia que abarca entre 1954-1980.


Ambos proporcionan una serie de pistas para conocer el mundo novelesco de Ramón J. Sender con datos proporcionados por él mismo. Solo es de lamentar la no inclusión de las propias cartas de Carrasquer, lo que, no cabe duda, habría enriquecido esta parte del texto.


Nos encontramos ante una nueva incursión del profesor Carrasquer en el mundo novelesco de Sender. Varios de sus planteamientos los conocíamos de trabajos anteriores, lo que no desmerece la significación del texto que comentamos.


Existen una serie de temas, bosquejados por el ensayista, que abren rutas para futuras investigaciones. Como ejemplo, ahí está la presencia de las vírgenes y del realismo mágico, que están a la espera de investigadores. Lo señalado es un aporte fundamental del presente libro del profesor Carrasquer, el que revalida sus antecedentes académicos.


Sender es uno de los representantes claves de la España emigrada, lugar que comparte con Max Aub y Francisco Ayala. Su condición de exiliado se encuentra presente prácticamente en todos los ensayos del profesor Carrasquer. El ensayista destaca la unidad que marca el mundo novelesco de Sender antes y después del exilio y se detiene en este último para destacar que "... nadie podrá poner en duda que representa eminentemente la doble querencia que todo intelectual y escritor transterrado de la España peregrina, a decir de José Bergamín. A saber: la obra inspirada desde la nostalgia y la creada en la reinserción mental y literaria del país adoptivo ..." (p. 100), lo que se demuestra al examinar la cantidad de obras publicadas.



El ensayo Sender, el arte de la totalidad (pp. 219-224) se centra en dos de las obras que pertenecen al período de preguerra civil: Imán (1930) y Mister Witt en el cantón (1935) que, ajuicio del ensayista, poseen en sí la totalidad del ideario narrativo e ideológico de Sender. Sintetiza aquí lo sostenido en la edición crítica mencionada de Imán y en el estudio Imán y la novela histórica. La idea de la unidad en el mundo creado por el novelista es un aporte importante en los estudios senderianos y, en este y otros ensayos, el profesor Carrasquer lo señala reiteradamente.



Mención especial merece el ensayo titulado Contratiempos de espacios: "Epitalamio del Prieto Trinidad" de Ramón L. Sender (pp. 179-201), uno de los ensayos más importantes y lúcidos que sobre dicha novela se han escrito, que es calificada, por el ensayista, como "... la más importante" (p. 179) de las ambientadas en espacio americano. En su opinión, aquí está todo Sender, en cuanto temática y problemática, lo que vara "... es el reparto, dado que los personajes los determinan el espacio, el lugar, la geografía política y las coordenadas culturales. En el fondo, las variaciones senderianas son siempre espaciales, porque lo temporal se desenvuelve como sobre valores perdurables que abarcan desde lo primigenio a lo supercivilizado, siempre como imantado por la negación del tiempo: lo eterno" (p. 179).



Epitalamio del prieto Trinidad es examinada desde el ángulo del exilio y uno de los subtítulos lo aclara perfectamente: El exilio de todas partes (p. 183): "... están todos los exilios: el exilio interior (Daño), el religioso (la madre Leonor), el racial (los indios), el político (el Cafeto), el exterior (de casi todos, pues los penados viven en puro destierro a la fuerza), el filial (de Huerito Calzón), de marido (La Bocachula y demás ..." (p. 184), a la vez que se reitera la idea de que todo Sender está al comienzo de su obra creativa y que sus características centrales son encontrables tanto antes como después del exilio: "... sí puede asegurarse que en América se enriquece la obra de Sender en categorías tales como temática, problemática y tipología o caracteriología (prosopografía y etopeya, o sea, descripción de personas y de costumbres, respectivamente" (p. 187). Se detiene, luego, en examinar los personajes que integran este mundo: determina la presencia de cuarenta y dos, y destaca que solo uno es anónimo, "el médico". Fija su condición marginal y destaca la presencia de la Niña Lucha, clara imagen virginal, la que es considerada por Carrasquer como una de las integrantes claves que integran la tipología femenina senderiana: la Niña Lucha es el contrapunto a un ambiente miserable, sórdido y doloroso.



Importante es la Antología que tenemos en nuestras manos, pues ella nos permite conocer la posición crítica de Francisco Carrasquer en torno a uno de los más importantes autores tanto de la novela española del siglo XX como de la denominada novela del exilio republicano. La serie de datos aportados, así como la línea directriz de la posición crítica del ensayista, hacen de este texto un valioso aporte a los estudios senderianos.



EDUARDO GODOY GALLARDO


Revista Signos(c)

Centro de estudios senderianos (CES) - Instituto de Estudios Altoaragoneses

PRESENTACIÓN


El Centro de Estudios Senderianos (CES) es una sección del Instituto de Estudios Altoaragoneses y tiene su origen y fundamento en el llamado “Proyecto Sender”, empeño que aglutinó durante varios años a muchos de los más importantes investigadores de la obra del escritor.

Centro de Estudios Senderianos index

> Presentación
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> Actividades
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> Inscripción


En el seno del Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA), el "Proyecto Sender" desarrolló a lo largo de diez años (1990-2000) una fecunda labor de difusión de la obra de Ramón J. Sender y de fomento de estudios sobre su vida, su tiempo y sus escritos. A lo largo de estos años, el IEA se convirtió en el principal centro de información e investigación sobre el escritor de Chalamera, estableció una red de especialistas, publicó ediciones críticas de varios títulos del autor y varios estudios monográficos sobre su obra, dotó económicamente proyectos de investigación u organizó dos congresos internacionales en torno a la figura y la obra del autor aragonés: "El lugar de Sender", (Huesca, abril de 1995) y "Sender y su tiempo. Crónica de un siglo", (Huesca, marzo de 2001); las actas de ambos encuentros científicos han sido publicadas por el IEA en colaboración con la Institución “Fernando el Católico” y el Gobierno de Aragón.

El 3 de febrero de 2000, fecha en que el escritor hubiera cumplido 99 años, el "Proyecto Sender" en reunión plenaria se constituyó en CENTRO DE ESTUDIOS SENDERIANOS. De esta forma, intentaba responder a las expectativas manifestadas con frecuencia por profesores, investigadores o lectores de la obra senderiana, pretendía responder a las nuevas necesidades que el crecimiento del “Proyecto” generaba o al deseo de sacar rendimiento al trabajo de una década de la manera más eficaz posible. Para ello se estudiaron y debatieron varias posibilidades pero lo que se entendió como más viable y pertinente fue la constitución de un Centro de Estudios que hiciera las veces de una Fundación que por razones de orden legal no podía constituirse con el nombre del autor. Desde entonces el CES cuenta con una Secretaría específica, tarea que desempeña Ester Puyol Ibort, integrante de la plantilla laboral del IEA, así como con un Coordinador, el estudioso de la obra senderiana José Domingo Dueñas Lorente.

Jorge M. Ayala: Pensadores y filósofos aragoneses contemporàneos


Pensadores aragoneses.

Historia de las ideas filosóficas en Aragón


Jorge M. Ayala


Capítulo 5. EL PENSAMIENTO EN LA LITERATURA Y EL CINE

a) Ramón J. Sender, escritor

b) Sender y lo aragonés

c) El pensamiento antropológico y moral de Sender

Conclusión


RAMÓN J. SENDER (1901-1982)

Las disgresiones antropológico-filosóficas que encierra el
corpus literario de Ramón J. Sender es motivo suficiente para
que nos detengamos a exponer el mundo conceptual de este escritor
aragonés24. No queremos entrar en viejas polémicas
acerca de las relaciones entre filosofía y literatura, ni
deseamos tomar partido acerca de si en literatura debe primar el arte
por el arte, o bien la literatura es un arte que trata de esclarecer
narrativamente el mundo de la vida aventurándose en el reino
de las posibilidades humanas. La razón que nos ha movido a
incluir a Sender en esta historia del pensamiento es únicamente
filosófica.

Las novelas de Sender tratan de temas socio-políticos, históricos,
autobiográficos y alegóricos. Cuando Sender emprendió
el camino del exilio ya había recibido el Premio Nacional de
Literatura (1935) por su obra Mr Wilt en el Cantón.
Esta obra no fue fruto del azar, pues desde el año 1924 en que
entró a formar parte del equipo de redacción del
periódico El Sol, de Madrid, Sender venía
demostrando que era un narrador habilidoso para describir ambientes,
comunicar ideas y despertar interés en los lectores.

Tanto José Vived como José Domingo Dueñas han mostrado
que el periodismo fue la escuela donde Sender se formó
literariamente, empezando esta actividad a la edad de 15 años.

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a) Ramón J. Sender, escritor

Consideramos a Sender, por encima de todo, un maestro en el arte de narrar. Esto
no obsta para que apreciemos en este escritor comprometido una raíz
filosófica, puesta de manifiesto en su preocupación por
el hombre, por lo humano en sus niveles más profundos, por el
enigma de la naturaleza humana y por el sentido de la existencia.

Los escritores originales crean su propio estilo de escribir. No
necesitan imitar o seguir modas cuando tienen tanto que comunicar.
Estas personas encuentran su propio estilo sin buscarlo. Sender lo
expresó con estas palabras: Escribir bien es, en
definitiva, no más ni menos que decir lo que no puede dejar de
ser dicho como y cuando el escritor no puede evitar decirlo
, y
decirlo con las palabras justas e indispensables25.

Como cualquier otro escritor, Sender tuvo también sus escritores
preferidos entre lo narradores extranjeros y españoles. De los
primeros cabe destacar a Stendhal, Dostoyewsky, Tolstoi, y de los
segundos a Cervantes, Quevedo, Gracián y Valle_Inclán.
Todos estos han sido grandes narradores que han profundizado en las
distintas facetas del ser humano, mejor aún, de la vida humana
en su diario discurrir. Estos escritores han sido catalogados de
«realistas» por la atención que han prestado a lo
«popular» como expresión de la realidad humana.
«Para hacer novela y, sobre todo, para continuar la tradición
novelesca del realismo español, hay que desnudarse. Quedarse
en pura y simple hombría»26.

La obra de Sender es muy extensa y abarca casi todos los géneros:
periodismo, novela, poesía, teatro y ensayo. Por eso, exigir a
un escritor tan prolífico como Sender que todas sus obras
tengan el mismo nivel de perfección es sobrehumano. El propio
Sender es muy explícito cuando enjuicia su propia obra:

«Yo tengo libros mejores y peores. Los que hemos escrito mucho estamos en
este caso que es, en definitiva, el caso español. El mismo
Cervantes no habría perdido nada si no hubiera escrito Los
trabajos de Persiles
, y Lope de Vega algunas de sus comedias. Lo
mismo se puede decir más tarde de Pérez Galdós y
hoy mismo de Pío Baroja. El homo hispanicus se vuelca con lo
mejor, lo mediano y lo peor para dejar de sí un testimonio
entero que tal vez servirá a los que vengan después. La
perfección no es de este mundo27.» En sus primeros
escritos Sender percibe al hombre encuadrado en las circunstancias
políticas y sociales de la España de principios de siglo.
Para el joven Sender resultaba inhumano ocuparse de cuestiones
formales de estilo cuando el «hombre de carne y hueso»
español que tenía ante sí estaba exigiendo
justicia para poder sobrevivir. El realismo de Sender, escribe
Collard, se define ante todo como una actitud ante la sociedad. Una
actitud que se opone de manera radical a lo que Sender llama las
«mentiras espirituales de intelectuales» en Siete
domingos rojos
y la literatura de los «fáusticos»28.

El realismo senderiano no tiene nada que ver con el naturalismo del
siglo XIX ni con el costumbrismo. Realismo significa afán de
llegar al fondo de la realidad, en este caso, de la realidad humana.
El filósofo se afana por definir la realidad, pero el escritor
puede ayudarle a desvelarla. En los años en que Sender vive
identificado con la causa revolucionaria, «lo humano en general
y lo revolucionario», para él son lo mismo: «Nuestro
realismo no es sólo analítico y crítico como el
de los naturalistas, sino que parte de una concepción dinámica
y no estática de la realidad.

Nuestra realidad con la que no estamos satisfechos sino en cuanto forma parte
dinámica de un proceso en cambio y avance constante, no es
estática ni produce en nosotros la ilusión de la
contemplación neutra29.» A medida que Sender se va
alejando de los planteamientos políticos, emplea
frecuentemente la palabra «hombría» para describir
la realidad humana, lo humano-integral que nos identifica con el
Todo. Patrick Collard explica cómo Sender sitúa la sede
de la «hombría» en la subconsciencia y le adscribe
los ganglios como órganos. La inteligencia o percepción
ganglionar es la que une a los hombres y les hace sentir por instinto
la solidaridad con el mundo vegetal, animal y mineral. Es algo así
como la inteligencia virgen; la que permite la percepción
instintiva de lo permanente, lo inalterable en el hombre, incluido lo
real absoluto. Sender llama escritores realistas a Fernando de Rojas,
Cervantes, Quevedo y santa Teresa, porque se quedan en pura y simple
«hombría», y porque tanto en la expresión
como en la temática no vacilan en integrar lo popular.

Sender pone en la «hombría» lo esencial-humano, pero no
es un irracionalista porque nunca prescinde de la razón. Esta
nos permite reflexionar sobre la «hombría» y
funciona como elemento regulador entre el individuo y la sociedad.

Siendo Sender un escritor preocupado por los problemas del hombre, es lógico que cuanto expresa literariamente lo haga con el estilo natural y
sobrio que corresponde a una persona que busca lo natural. Sender no
se plantea problemas formales sobre el estilo, ni busca en sus obras
aparecer como «estilista»:

«Mucha gente confunde el estilo con el amaneramiento. Lo que algunos
académicos llaman voluntad de estilo es afectación
(ganas de impresionar con trucos y morisquetas). No consiste el
estilo en la voluntad de aparentar, sino en el conjunto de reacciones
interiores que ligadas a la fatalidad del ser se manifiestan en una
forma de expresión lo más espontánea posible. El
estilo una vez más es el hombre…30

La sobriedad y la sencillez son connaturales a la persona y al estilo de
Sender, o como escribe Marcelino Peñuelas, entre el estilo
literario y el estilo vital de Sender existe un claro paralelismo. En
su vida externa Sender es una persona sencilla, directa y sobria, sin
asomos de afectación, de pose o de retórica, pero
interiormente es una persona comprensiva, flexible y hasta compasiva.
El mejor estilo, se suele decir, es el que no se nota.

En este caso se trata de «otra retórica», la de la
sencillez y de la naturalidad, de la precisión y de la
desnudez. Cuando se tiene mucho que decir, como es el caso de Sender,
no hay problemas de estilo porque la forma surge del contenido como
el calor del fuego (Flaubert). ¿Acaso fueron Estilistas Cervantes, Dostoyewsky,
Tolstoi, Dickens, Stendhal…?
Los grandes novelistas, es decir, los creadores de vidas y de mundos,
no han sido, ni pueden ser, estilistas. Esto es lo que piensa Sender
sobre el esteticismo: «Un esteta y un esteticista son una
mentira en pie, un embuste fecundo que pare verdades pequeñas
y ociosas»31.
Sender no es un estilista, pero como narrador es uno de los mejores
que ha dado la prosa castellana32.
Para evitar que la lectura fragmentada de Sender pueda dejar en el lector
la impresión de ser un escritor desigual, José-Carlos
Mainer recomienda asiduidad y paciencia: «Axioma fundamental de
cualquier lector o estudioso de Sender ha de ser, precisamente, que
la alta calidad de tales logros, que lo indeleble de ese Sender
touch
tan reconocible por sus fieles, se produce en virtud de la
asiduidad por la escritura, como un claro milagro que Sender y sus
lectores hemos de esperar de la mano de una larga paciencia.
O, mejor aún, que Sender —como Baroja, con el que tantas
cosas le unen: el estilo, la arisca ternura, la irrefrenable
tendencia a la disgresión, la aparente falta de plan, el
nomadeo intelectual— es escritor a lo ancho y no a lo hondo, y
que el mejor modo de hacerse a él es leerlo en ese modo
dilatado y total en que uno y otro se producen de forma natural»33.
La recepción de la obra senderiana en España ha sido muy
accidentada: fue interrumpida tras la guerra civil, entusiastamente
recibida en los años sesenta, desmitificada en los años
siguientes y encumbrada a raíz de su vuelta a España en
1974. Tras la muerte de Sender en 1982, todo parecía indicar
que la obra senderiana había llegado definitivamente a su fin,
pasando a engrosar el depósito de autores del pasado. Contra
tal pronóstico, sin embargo, vemos que continúan
publicándose antologías de escritos desconocidos de
Sender, ediciones críticas de algunas obras suyas, se
organizan Jornadas de Estudio y se escriben tesis doctorales34.

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b) Sender y lo aragonés
Sender es un escritor aragonés que ha alcanzado la más alta cima
literaria en lo que llevamos de siglo. En sus obras existen repetidas
alusiones a su natural aragonés, pero sin caer nunca en el
tópico; al contrario, haber nacido aquí o allá,
explica Sender, condiciona nuestro punto de partida pero no nos
determina ni nos obliga a identificarnos con una imagen cultural o
política, porque lo fundamental es llegar a descubrir lo
universalhumano a través de lo particular. Sender sintió
lo «aragonés» como un conjunto de valores simples
y primarios que, adecuadamente cultivados, le permitieron alcanzar lo
esencial-humano que hay en toda persona, como dice el poeta Terencio.
Sender fue consciente de sus raíces y de lo que a ellas debía,
pero, por encima de todo, su satisfacción estaba en haber
sabido crear un mundo estético y moral capaz de proporcionar a
sus lectores gozo, comprensión y fuerza de vivir:


Me ha ayudado bastante hasta hoy el repertorio de los valores más
simples y primarios de la gente de mi tierra. No del español
de la urbe… sino tal vez del campesino de las tribus del norte
del Ebro, en la parte alta de Aragón.
Soy probablemente…un íbero rezagado&hellip.
El serlo no representa mengua ni privilegio.
Es así, no hay quien lo remedie y a mí no me parece mal.
Otros son gallegos. O gaditanos. Estamos pues en que
al menos uno ha salvado algunos de los valores de la tribu.
Cierta violencia y aun brutalidad es inevitable
35.

Sender ha dejado una obra literaria que se sigue leyendo y estudiando en
español y en otros idiomas. Es el signo de la universalidad de
un escritor y el mayor título de gloria para los que se
sienten unidos a él por los lazos del paisanaje. Todo lo
demás, como explicó el propio Sender, es válido
en la medida que ayuda a elevarnos a planos superiores de comprensión
de lo humano. Mainer ha sintetizado perfectamente la transposición
que hace Sender de lo aragonés a lo antropológico: «Lo
aragonés, en fin, se convierte así en una apelación
a las raíces irracionales del comportamiento, a la sustitución
de la historia por la etnología, al reemplazo de la idea por
el mito: algo que, por otro lado, viene a entroncar con otras
dimensiones del pensamiento de Sender y que, por otro, no deja de
ofrecer sugestiva relación con el descubrimiento de ámbitos
antropológicos similares en la América indígena o en el peculiar mundo de
Nuevo México o Arizona»36.

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c) El pensamiento antropológico y moral de Sender

La preocupación de Ramón J. Sender por los problemas más
intrínsecos del ser humano es superior a cualquier otro
contenido que se dé en su narrativa.37
Su primera novela, Imán (1929), es una reacción casi instintiva
contra la injusticia social. Sender fija su atención en los seres
humanos que parecen insignificantes para la sociedad. Los hechos
históricos sirven a Sender de material con el que explorar
determinadas zonas «oscuras» del ser humano. En general,
es tan fuerte el peso de lo «temático» en las
novelas senderianas que llega a prevalecer a veces sobre «estético».
Entre los estudiosos de su obra no faltan quienes lamentan esta
anomalía y abogan por la sustitución de Sender pensador
por la de Sender exclusivamente escritor y maestro en el arte de
narrar38.

En todas sus novelas ha ido dejando Sender abundantes reflexiones sobre
su concepción del hombre, de la vida, de la religión,
del arte y de la filosofía. No se advierte una evolución
en sus ideas, sino una profundización en sus primeras
intuiciones antropológicas y morales. Así, por ejemplo,
Sender mantuvo a lo largo de su vida la misma actitud frente a la
injusticia que sintió de niño; una actitud
inconformista contra la injusticia social, el autoritarismo y los
aspectos absurdos que presenta la vida humana.
El anticonformismo fue uno de los motores de su vida: «La realidad
no es optimista, escribe Sender, el conformismo es artificial y
falso. Allí donde se intentan (la glosa y el conformismo)
producen obras estériles y mediocres»39.

El inconformismo brota de lo más profundo del ser humano.
Precisamente, para evitar que «lo humano» sea confundido
con formas humanas históricas y concretas, la mayoría
de las cuales están ideologizadas, Sender propuso el nombre de
«hombría»: la realidad subconsciente que nos
individualiza y al mismo tiempo nos universaliza en el Todo. La
«hombría» es como una ley natural pero
sentida y percibida por nuestros propios ganglios.
En La noche de las cien cabezas(1934) dice de la «hombría»
que es el hombre «en plena puridad sin la corrupción de
la vieja personalidad adquirida y pegadiza» (p. 199). La
religión, la sociedad, la economía tienden a hacer de
las personas individuos, seres aislados y solitarios; la «hombría
», en cambio, es esa corriente de vida que hay en nosotros a
través de la cual estamos unidos al Todo. Se trata, por tanto,
de un «principio vital», el primero y fundamental del
hombre, el cual nos impulsa a obrar en una determinada dirección.
Los valores humanos que brotan de la «hombría» son
valores «reales» por ser los más humanos. En los
momentos de máxima politización de Sender, pensó
que la «hombría» era revolucionaria.
La temprana atracción que sintió Sender por los
anarquistas españoles tenía su origen en la fuerza de
la «hombría». Sender percibió en el grito
de esas masas de desheredados una faceta de lo humano-eterno que
existe en todo hombre: el deseo de igualdad. Los anarquistas no
razonan, sino que exigen y actúan. Obrando así no hacen
otra cosa que obedecer un instinto natural, la voz de su «hombría».
Por eso sienten que viven una religión, con una fe más
absoluta que la de otras religiones que se fundan en la aceptación
más o menos racional de la revelación. Es una religión
pura, fundada en la entrega total, ciega, a la fuerza del instinto.
Sender idealiza en sus años mozos la acción de los
anarquistas, presentándolos como mártires de su fe.
Cuando se tiene en cuenta su sintonía con la «hombría»
de los anarquistas, no extraña que Sender se haya autodefinido
como un hombre de preocupaciones sociales más que políticas,
y que nos diga que él nunca fue anarquista ni comunista, que
lo más que llegó a ser fue un eterno admirador de los
anarquistas. El hombre anarquista simboliza la subconsciencia del
hombre, el fondo de donde brotan los valores verdaderamente humanos.
A Sender le atrae lo que directa o indirectamente confronta, o roza,
el sentido trágico de la existencia humana 40.
Anteriormente nos hemos referido al «realismo» de Sender,
que aparece identificado en sus primeras obras con la «hombría»,
la subconsciencia, los valores primarios de la vida, la fe del
anarquista y la naturalidad del hombre «popular». Sender
permaneció fiel a este realismo. Algunos estudiosos de su obra
han acuñado otras expresiones, como «realismo mágico
» (Carrasquer), «realismo alucinado» (Bosch) o
«realismo trascendente » (Béjar) para referirse a
ese realismo interior que, sin embargo, no olvida el mundo exterior,
físico que rodea a los personajes. Sender es un maestro en el
arte de presentar la realidad desde dos niveles extremos, tal como
indica la expresión «realismo-mágico»: el
inmediato, áspero y violento, y el imaginativo o poético.
Es decir, la realidad vista desde «abajo» o parte
dolorosa del vivir, y desde «arriba», en los ambiguos
niveles de las evocaciones líricas y del significado último
de las cosas. Un escritor con sensibilidad poética, como es el
caso de Sender, posee el don de «hacer decantar un estado
poético en el lector por su plan novelístico, de tal
forma que este plan encierre la vida real elevada a la categoría
de arte, a categoría ejemplarmente universal y trascendente»41.
Esta es la «mágica irrealidad »
a la que con frecuencia se refieren los estudiosos de Sender, la cual
es fruto de su sensibilidad para la poesía, para trasponer
creadoramente las situaciones patéticas, dramáticas o
trágicas a un estado de verosimilitud y de ilimitadas
sugerencias.
Sin embargo, como advierte el propio Sender, este lirismo es de
estructura y no de palabras. Al decir que es de estructura, comenta
Francisco Carrasquer, quiere decir ante todo que no es de forma
estrictamente literaria, sino de organización de líneas
de fuerza de sentido y de interrelaciones vertebradas en un organismo
novelístico vivo, con todas las contradicciones, tensiones,
acciones y reacciones de la vida real. Precisamente, porque se
trata de un lirismo de estructura, en cada lectura que hacemos de sus
obras descubrimos detalles antes inadvertidos del significado
estructural.

Si el lirismo radicara en los efectos del lenguaje, produciría en
el ánimo del lector el mismo efecto sensorial o emotivo, pero
al ser estructural, quiere decir que radica en el movimiento interior
de la narración, en la creación de una atmósfera
que sugiere al lector cosas nuevas. Sender buscaba expresamente crear
esta situación en el lector, porque para él el hombre
es fundamentalmente un ser que siente y que capta el mundo a través
de la emoción, y después piensa lo sentido. En el
prólogo a Siete domingos rojos (1932) Sender escribe
que su «libro no se dirige expresamente al entendimiento del
lector, sino a su sensibilidad, porque las verdades humanas más
entrañables no se entienden ni se piensan, sino que se
sienten. Son las que el hombre no ha dicho ni ha probado decir porque
cumplen su misión en la zona brillante y confusa del sentir.
Al final del libro, el lector que se haya abandonado totalmente habrá
comprendido o no el fenómeno social o político a que me
refiero, pero desde luego habrá sentido desarrollarse
dentro de sí una evidencia nueva43

El corpus senderiano contiene obras que la crítica ha
calificado de «filosóficas ». Así, en La
esfera
Sender combina en una estructura original la ficción
novelesca y el ensayo filosófico, y en El lugar de un
hombre
sondea el papel del individuo dentro de la sociedad y
dentro el universo44. Sender no pretendió pasar por filósofo
ni por un intelectual; Sender se consideró un «mitómano»
o creador de fábulas, una aptitud que tradicionalmente ha sido
considerada inferior a la filosofía45.
Sender era consciente de que los grandes mitos han influido en la vida
colectiva de las personas tanto o más que las ideas filosóficas.
Lo que nos diferencia a los hombres del animal, escribe Sender, es la
capacidad «de crear mitos artificiales (no necesariamente
históricos) y de subordinar a ellos con éxito formas de
acción creadora»46.
Las grandes creaciones literarias (Hamlet, Quijote, Fausto)
son mitos con dimensiones alegóricas
de expresión por medio de las cuales los hombres adquieren
formas de acción, no sólo conceptual, sino también
mental y física. Los mitos han condicionado y siguen
condicionando la vida de las personas durante siglos y milenios. Ni
los hombres de ayer ni los hombres de hoy estamos libres de la
mitomanía, porque es algo arraigado en el inconsciente
colectivo (Jung).
Las personas necesitamos mitos y, por eso, nos los creemos:

«El mayor mito de nuestro tiempo es la cultura. Y es un mito que se ha
creado a sí mismo, sin necesidad de profetas ni de iglesias.
Nació en el pasado al mismo tiempo que las artes bajo una
misma designación: filosofía47.» Pero, ¿por
qué el hombre tiene necesidad de crear mitos?
Miguel de Unamuno respondió que con los mitos
(la ciencia, la religión, la filosofía)
el hombre expresa lo que la razón no puede aceptar: la inmortalidad humana.
Sender, por su parte, sustituye la antítesis unamuniana «razón-fe sentimental» por una base más antropológica:
«La ideación mítica es una forma de creación en el
vacío (el inconsciente colectivo, de Jung). Parece que la más alta tarea de los hombres desde los tiempos más remotos ha consistido en la creación de mitos capaces de arraigar y de extenderse. Es decir que nuestra más alta facultad es la de
mentir inteligentemente e interesadamente»48.

Sender parece dar a entender que el hombre ha tenido miedo a enfrentarse con
la cara amarga de la verdad y ha preferido suavizarla cubriéndola
con el ropaje de la fantasía. El mito o ficción no miente, simplemente conjuga el consuelo con el dramatismo de la vida.
Como se trata de una dimensión antropológica, el hombre
moderno mantiene viva la capacidad de crear mitos, incluso la ha
aumentado porque dispone de más medios: cine, televisión,
prensa, etc. Naturalmente las mentiras de hoy, comenta Sender no
pueden ser tan gratuitas como las del pasado. Nadie aceptará
hoy un milagro sin un mínimo de verosimilitud comprobable.
Pero a medida que crece el escepticismo, aumentan los instrumentos de
convicci&;oacute;n.

Hoy, los mayores en cuanto a eficacia son las artes y la seudociencia o
más bien la ciencia accesible a los legos.

Sender no explica, simplemente constata «nuestra adición
enfermiza o saludable —quién sabe a la
mitomanía». Como el mito inventado por el hombre no
prospera sin alguna clase de reverencia y de misteriosa adoración,
el hombre adora su propia creación y, de ella, revierten sobre
él nuevas formas y aptitudes y sugerencias en un camino sin
fin. Ese camino sin fin alrededor de un orbe que ignoramos parece ser
la base de nuestra diferencia.

Si la «mitomanía» es la dimensión que
diferencia al hombre del animal, resulta lógico pensar que el
hombre también se sirve de mitos para su propia autocomprensión.
En este caso, ¿se trata de miedo o de
dificultad para enfrentarse consigo mismo? Sender responde que: «Como
he dicho otras veces, no hay todavía una definición de
hombre, ni siquiera para los efectos legales. El hombre es su propio
y único testimonio y lo damos por sabido. Es un valor a la
vista, sin reserva que lo avalore.

Y está lleno de contradicciones. Por la animalidad decimos que
es hombre, por sus errores que es sabio, por sus blasfemias que es
religioso. Tal vez en medio de tantas contradictorias hipótesis
desde Pitágoras a Platón, y a
Descartes, y a Darwin, la que se sostiene mejor es la de nuestra adición enfermiza o saludable —quién sabe— a la mitomanía49

Sender no creó mitos sino alegorías, símbolos apoyados en la realidad histórica, pero con fuerza suficiente para llevar al lector al mundo de lo preconsciente. Las novelas de Sender son «una forma de expresionismo poético» por medio del cual intenta incidir imaginativamente en las realidades humanas más significativas para él»50.
Los personajes, y no las ideas, son el hilo conductor de las novelas senderianas, pero los personajes ayudados por las alegorías
y los símbolos.
A través ellos bucea Sender en los fondos de la naturaleza
humana para encontrar algo de sentido —vital en primer término
y racional en segundo— a la existencia. Ahí reside la
clave, móvil o sentido que ilumina los comportamientos y las
creaciones aparentemente contrarias.
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Conclusión.
La cosmovisión senderiana no está lejos de las
ideas sociales, científicas y filosóficas dominantes de
nuestro siglo. Por una parte estaría el propio talante del
escritor, inconformista por naturaleza contra todo atropello de la
persona humana y contra el falseamiento de la realidad; por otra,
«los presupuestos teóricos que defendían el apego
a valores percibidos como populares o naturales, al lado de una
concepción un tanto determinista y etnológica del
comportamiento humano y una visión organicista de la sociedad
o de los pueblos, en la órbita pues del positivismo
sociológico acuñado por H. Spencer o por H. Taine y
difundido en España durante el último cuarto del siglo XIX, especialmente por los llamados krausopositivistas»52.
Aquí pudo tener su arranque la fe total de Sender en los instintos.
«Lo humano», palabra muy repetida por Sender, se refiere al fondo
de la realidad humana que se halla escondida en una calidad no-racional y fantasmagórica53.
Parece evidente que la teoría del inconsciente de Freud y las filosofías
vitalistas e irracionalistas contribuyeron a afianzar en Sender la creencia en una
realidad primordial que se halla más allá del mundo ordenado de la razón.

En sus primeras obras Sender da protagonismo a la «hombría»:
lo inconsciente, natural y espontáneo del hombre. Equivale a
lo humano-esencial. A medida que Sender «se ideologiza»
al contacto con el marxismo, a la «hombría » opone la «persona» o máscara, de cuya oposición resulta una concepción dialéctica del hombre como especie y como individuo, y del hombre proletario (colectivista)
contra el hombre burgués (individualista).

Hasta después de terminada la guerra civil predomina en Sender el irracionalismo. «El cerebro es un tumor, una enfermedad, y de
él nace la idea de uno sobre sí mismo: la persona»54.
Pero, un irracionalismo limitado, porque Sender nunca renunció
a su libertad de pensar y de enjuiciar, a su ideología
libertaria. En la etapa del exilio persiste en Sender lo que Eoff ha
llamado «vigoroso primitivismo», cuya afinidad
existencialista es más un aspecto que una tendencia ideológica
sistemática55.
Por su parte, que une, pues, a El Greco, a Goya y a Picasso
no es su sentido del color, ni tampoco su sentido estructural,
sino en el callado, sereno y profundo señorío
de una realidad en la que se apoyan para dar el salto al vacío.
Lo demás, todo lo demás, no importa. Nada importa nada.

Los acontecimientos históricos más graves y sensacionales
no importan nada cuando estamos en ese plano tan caro a los españoles
«de Creación», entre los cuales estoy yo de buena
fe, con merecimiento o sin ellos, y en donde un caracol buscando la
lluvia, una niña de ocho años dándonos consejos,
una arañita colgada de un hilo diáfano, la mirada de un
perro, el silencio de un anciano, el más íntimo reflejo
de la luz en un vaso, en la frente combada de un bebé o en los
ojos vívidos de una mujer, nos llama al orden. Al orden
secreto. Al tremendo orden secreto de una naturaleza que nadie más
que nosotros ve», en Álbum de radiografías
secretas
, Barcelona, Ed. Destino, 1981, p. 392.

José-Carlos Mainer ha precisado aún más
el ideario senderiano del exilio: crítica violenta del comunismo,
acendrada defensa de los derechos del individuo, elogio de un universo
arcaico y primitivo y hasta un confuso tinte religioso56.

Sender ha dedicado especial atención a los aspectos mágico-primitivos de la religiosidad, no entendiendo ésta como una explicación del absurdo cósmico sino como un humano intento de
jerarquización de lo desconocido.

Pese a su declarado agnosticismo Sender ha hecho del problema religioso el
tema fundamental de algunos relatos, como La esfera. La
identificación, en el plano histórico, con el
primitivismo, le lleva a proclamarse a sí mismo «ilergete»
en el prólogo a Los cinco libros de Ariadna57.

En síntesis, las novelas de Ramón J. Sender rezuman
interés apasionado por lo humano, buscan desentrañar lo
que cada ser humano encierra en sí y agudizan la sensibilidad
moral del lector.



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24
Ramón J. Sender nació el 3 de febrero de 1901 en
Chalamera (Huesca), y murió el 16 de enero de 1982 en San
Diego (California).
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25
PEÑUELAS, M., «Estilo», en Ramón J.
Sender, In memoriam
, p. 284.
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6
Ibíd., p. 50, n. 17.
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27
Carta Prólogo de Sender a la obra de Marcelino PEÑUELAS,
La obra narrativa de Ramón J. Sender, Madrid, Gredos,
1971, p. 8.
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28
COLLARD, P., «Las primeras reflexiones de Ramón J.
Sender sobre el realismo», en Jamón J. Sender...,
o.c
., p. 88.
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29
Ibíd., p. 92. Tomado de un artículo titulado La
libertad
(31-XII-1930).
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30
Destacamos las obras colectivas: Ramón J. Sender. In
memoriam. Antología crítica
, dirigida por J.-C.
Mainer, 1983, y Ramón J. Sender. El lugar de Sender. Actas
del I Congreso
, Huesca, IEA-IFC, 1997. Cfr. DUEÑAS
LORENTE, J., Ramón J. Sender. Periodismo y compromiso
(1924-39)
, Huesca, IEA, 1994; CARRASQUER, F., La integral de
ambos mundos: Sender
, Zaragoza, PUZ, 1994.
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31
SENDER, R. J., en «Un esteta en la URSS», en Marcelino PEÑUELAS, art. c., p. 267.
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32
Son muchas las cualidades que encierra la prosa de Sender. Marcelino Peñuelas
recuerda «que la Biblioteca Nacional de Inglaterra ha impreso en alfabeto Braille, para ciegos, casi todas las obras de Sender, a petición de los mismos ciegos después de haber leído éstos algunos de sus libros», por la cualidad plástica, o sea, visible y táctil de su prosa. Cfr. art. cit., p. 269.
33
«Ramón J. Sender», en Andalán, 350 (1982), p. 20.
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34
Destacamos las obras colectivas: Ramón J. Sender. In memoriam. Antología crítica, dirigida por J.-C. Mainer, 1983, y Ramón J. Sender. El lugar de Sender. Actas del I Congreso, Huesca, IEA-IFC, 1997. Cfr. DUEÑAS LORENTE, J., Ramón J. Sender. Periodismo y compromiso (1924-39),
Huesca, IEA, 1994; CARRASQUER, F., La integral de ambos mundos: Sender, Zaragoza, PUZ, 1994.

35
SENDER, R. J., Los cinco libros de Ariadna. Prólogo.
Cfr. VIVED MAIRAL, J., «Lo aragonés, en Sender, en
Andalán, 350 (1982), pp. 18-19; ALCALÁ, A., «Sender
y sus novelas, y su Aragón », en Ramón J.
Sender. In memoriam
, pp. 177-188.
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36
En Ramón J. Sender. In memoriam, pp. 7-8.
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37
BÉJAR, M., «Unidad y variedad en la narrativa de
Sender», en Revista de Occidente, 1982, pp. 117-123.
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38
Cfr. MAINER, J.-C., «Ramón J. Sender, un año
después», en El Día (16 de enero de 1983).
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39
SENDER, R. J., Proverbio de la muerte (1939), p. 10. «Dentro
de la imperfección hoy la gente distingue entre lo positivo y
lo negativo. No soy hombre de pensamiento positivo. El pensamiento
positivo es conservador y tiende a demostrar a la gente que debe
estar satisfecha de su manera de ser y tratar de mejorar en todo caso
sin cambiar de dirección. Es decir, a estabilizar e
inmovilizar lo existente. Pero, ¿de qué manera? Ganas
me han dado a veces de escribir una colección de ensayos
titulada “De las ventajas del pensamiento negativo”. Pero
la verdad es que no hay lo positivo ni lo negativo en el pensamiento
sino lo fecundo y lo estéril.Y lo fecundo, aunque parezca a
veces destructor, no lo es», en «Carta prólogo de
Ramón J. Sender», en PEÑUELAS, M., La obra
narrativa de Ramón J. Sender,
Madrid, Gredos, 1971, p. 8.
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40
Las declaraciones anticomunistas de Sender no expresan una postura
política sino una visión antropológica
determinada. Refiriéndose a Siete domingos rojos,
escribe: «Desde el punto de vista político o social este
libro no satisfará a nadie. Ya lo sé. Pero no se trata
de hacer política ni de fijar aspectos de la lucha social ni
mucho menos de señalar virtudes o errores. No busco la verdad
útil —social, moral, política— ni siquiera
esa inofensiva verdad estética en torno a la cual se
desorientan tantos jóvenes. La única verdad -realidad-
que busco a lo largo de estas páginas es la verdad humana que
vive detrás de las convulsiones de un sector revolucionario
español...». Cfr. PEÑUELAS, M., o.c., p.
86. «Comunismo o fascismo me parecen doctrinas o actitudes muy
por debajo del nivel de mis sentimientos de español...»,
en José Luis CANO, «Un texto de Ramón J. Sender
sobre la ideología»: Ramón J. Sender. In
memoriam
, p. 68.
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41
CARRASQUER, F., «Imán» y la novela histórica
de Ramón J. Sender
, Amsterdam, 1968. Cfr.
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Peñuelas,
M., o.c., p. 257.

42
Ibíd., p. 257. En el Prólogo a Los cinco
libros de Ariadna
, escribe: «Este libro de prosa está
escrito, como otros míos, sub specie poetica... Ya
pasada la juventud, pero no el amor juvenil por la vida, me gusta
comprobar que mi centro natural es la poesía...».
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43
«La verdad de la obra literaria, escribe Rafael Bosch, no está
en las ideas que nos pueda querer comunicar, sino en los sentimientos
reveladores que despierta en nosotros para la captación del
sentido más profundo de la vida humana, en «La «species
poetica» en Imán, de Sender», en Ramón
J. Sender. In memoriam, p. 292.
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44
«El propósito de La esfera es más
iluminativo que constructivo, y trata de sugerir planos místicos
en los que el lector pueda edificar sus propias estructuras. Si lo
consigue o no es cuestión que cada lector tiene que decidir.
Pero no hay duda de que la obra es la expresión de hondas
vivencias, intuiciones y reflexiones que han inquietado a Sender toda
su vida y que se encuentran, implícitas y diluidas, en otras
narraciones», en PEÑUELAS, M., o.c., pp. 196-
197.


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45
«Dirigirse a los sentidos, a la sensibilidad y no al
entendimiento, al “intelecto”, tiene para mí
además la ventaja de que nadie podrá llamarme
«intelectual» con plena razón». Cfr.

Prólogo
a Siete domingos rojos.

46
Carta prólogo de Ramón J. Sender, en PEÑUELAS,
M., o.c., p. 10.
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47
Ibíd., p. 11.

48
Ibíd., p. 12.


49
Ibíd., p. 12.
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50
PEÑUELAS, M., o.c., p. 62.

51
Ramón J. Sender ha dejado escrito: «Ahí, en lo
metafísico es donde el artista genuino español se
revela naturalmente. Pero a través de las cosas, que no son
sino pretextos.


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52
DUEÑAS, J. D., o.c., pp. 85-86.

53
EOFF, S., «El desafío de lo absurdo», en Ramón
J. Sender. In memoriam
, p. 95.

54
La esfera, pp. 90-91.
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55
EOFF, S., p. 96.
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56
MAINER, J.-C., «La culpa y la expiación: dos imágenes
en las novelas de Ramón J. Sender », en Ramón
J. Sender. In memoriam
, p. 128.




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57
Prólogo.

Jorge M. Ayala: Pensadores aragoneses. Historia de las ideas
filosóficas en Aragón

miércoles, 10 de enero de 2007

Cartografía de una soledad - Residencia de Estudiantes






















CONTENIDOS

Cartografía de una soledad quiere ser un
recorrido por la trayectoria vital y literaria de Ramón J. Sender.
La sucesión de los diferentes lugares, momentos históricos
y ámbitos sensibles que sustentan y explican la aportación
de Sender a la literatura universal aconsejaba un planteamiento expositivo
de naturaleza referencial, alejado de la mera sucesión de datos
y acontecimientos aun cuando su presentación participe de la
ineludible secuencia cronológica. El tiempo y su memoria, la
memoria del tiempo, vertebran en último término la muestra.


Con estos propósitos,
la exposición aparece troquelada en seis grandes capítulos
que atienden al mundo personal de Ramón J. Sender tanto como
a la evolución de su pensamiento y compromiso críticos,
aspectos esenciales para iluminar ese rico imaginario íntimo
que supo reflejar en su creación literaria, periodística
y plástica. En cada uno de estos apartados acompañan a
Sender otros artistas que manifestaron un similar modo de ser y estar
en el agitado mundo del siglo XX, y cuyas obras comparecen con justa
naturalidad al lado de una selección de libros, artículos
periodísticos, documentos y pinturas de Sender.



Recorrido:



  • Atlas de las primeras inquietudes
    refiere los primeros años
    de formación del escritor (1901-1922) e incluye un mosaico
    fotográfico -a escala personal- de los lugares vividos, y de
    sus primeras colaboraciones en la prensa.


  • Impresiones del carnet de un soldado
    se centra en la experiencia de la guerra de
    Marruecos, definitoria para la maduración de
    su obra. Escritos, primeras novelas, documentos, pinturas y
    fotografías atrapan la memoria de un paisaje
    clave en la literatura de Sender.


  • Trazos desde Madrid
    atiende a los primeros años del escritor en
    Madrid (1924-1929), tiempos de Dictadura en los que fue depurando
    sagacidad crítica y destreza en la crónica.


  • En rojo y negro (1930-1935)
    habla de certezas sociales y de la consagración
    de un joven escritor, son años de compromiso político
    y social.


  • La quiebra de lo humano
    da cuenta de aquella guerra, cuyo escenario
    trágico fue lugar de una contundente, íntima
    y reveladora respuesta de Sender.


  • La soledad del exiliado.
    La memoria migratoria transparenta un espacio
    para el desarraigo, el de ese Sender solitario y ensimismado que hubo
    de hallar en la escritura el único refugio donde salvarse.
    Allí convivió con su memoria, la recreó y nos
    hizo partícipes de ella en inolvidables relatos.




 



 




Ramón J.Sender
Organiza:


Departamento de Cultura y Turismo del Gobierno de Aragón


Colaboran:


Ibercaja

Diputación de Huesca

Residencia de Estudiantes

Un íbero rezagado: Ramón J Sender (A. Trigueros)



RAMÓN J. SENDER




Infancia - Primeros estudios - En Madrid


Inquietudes políticas - La República - La Guerra Civil


El exilio - La obra de Sender






INFANCIA



Ramón J. Sender Garcés nació en Chalamera (Huesca)el 3 de Febrero de 1901. Su padre era secretario del ayuntamiento, y su madre, maestra de esta aldea. Un año después regresan a Alcolea de Cinca, pueblo del que procedían sus padres. Luego se trasladaron a Tauste, cerca de Zaragoza. Sus abuelos eran también aragoneses; por eso llega a decirnos en el prólogo de Los cinco Libros de Ariadna: "Me ha ayudado hasta hoy el repertorio de los valores más simples y primarios de la gente de mi tierra. No del español de la urbe (...) sino tal vez del campesino de las tribus del norte del Ebro, en la parte alta de Aragón (...) soy probablemente (...) un ibero rezagado. El serlo no representa mengua ni privilegio (...) Estamos, pues, en que al menos uno ha salvado alguno de los valores de la tribu. Cierta violencia y aun brutalidad es inevitable"

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PRIMEROS ESTUDIOS



Como los padres de Sender, además de su profesión, pertenecían a familias
de labradores acomodados, propietarios de tierras, en su casa no tenían problemas económicos. Por tanto, Ramón J. no tuvo de niño las dificultades que tuvieron otros niños de principio de siglo y que vivieran también en un ambiente rural. A los diez años (1911) comenzó el Bachillerato como alumno libre. Mosén Joaquín,capellán del convento de Santa Clara, de Tauste, dirigía sus estudios, teniendo luego que examinarse en el Instituto de Segunda Enseñanza de Zaragoza.



Marchó después a Reus, en donde continuó estos estudios, en el colegio de
los frailes de San Pedro Apóstol. Más tarde la familia se estableció en Zaragoza. Aquí estudió los cursos de 5. y 6. de Bachiller. Durante el año que cursaba 6. de Bachillerato hubo grandes desórdenes estudiantiles y le hicieron a
él responsable, suspendiéndole todas las asignaturas, por lo que tuvo que ir a
terminar el Bachiller a Alcañíz (Teruel), en donde trabajó como empleado de
farmacia, porque se había peleado con su padre. Después, en este deambular familiar, lo veremos también en Caspe.



En Crónica del Alba nos habla de sus padres y hermanos, de sus fechorías con los amigos del pueblo, de sus estudios y sobre todo de Valentina, la hija del notario de Tauste. Pero en su infancia de niño extremadamente sensible, a la vez que serio y rebelde, junto a la imagen luminosa de Valentina, el cariño de su madre y el respeto y admiración que sentía por el abuelo paterno se levanta el sombrío recuerdo de su padre: le trataba con excesiva dureza, le pegaba con frecuencia, y como Ramón J. se rebelaba con actitud desafiante, fue surgiendo entre los dos una áspera tensión que los iba distanciando.


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EN MADRID



A los 17 años (1918), ya terminado el Bachiller, Ramón J. Sender se escapó de casa y se fue a Madrid. Solo y sin dinero pasó los mayores apuros de su vida hasta el punto de verse obligado a dormir en un banco del Retiro durante tres meses. Se lavaba en una fuente del parque y en las duchas del Ateneo, a donde iba diariamente a leer y escribir. Su carrera literaria comenzó en el Madridde aquella difícil época, y antes de cumplir los 18 años. Escribió artículos y cuentos que logró publicar en varios periódicos, EL IMPARCIAL, EL PAÍS, ESPAÑA NUEVA, LA TRIBUNA, en donde apareció su primer trabajo: un cuento titulado Las brujas del compromiso. Desconfiando del valor de estos primeros intentos literarios firmaba con seudónimo. Le pagaban unas 25 ptas. por trabajo, cantidad importante en aquellos tiempos, sobre todo para un muchacho de su edad. Sin embargo, el dinero que ganaba apenas le alcanzaba para comer. Así que para dormir bajo techo tuvo que trabajar de dependiente en una farmacia, como antes lo había hecho en Alcañíz y Zaragoza (El hecho de que desde los 14 años se ganaba la vida trabajando explica su precoz madurez y su pertinaz e inquebrantable rebeldía)



En la Universidad de Madrid se matriculó en la facultad de Filosofía y Letras: el ambiente académico -textos, clases, exámenes- le decepcionó pronto y decidió formarse por su cuenta leyendo vorazmente en las Bibliotecas y comprando libros cuando podía, pero lo que a Ramón J. Sender le atraía verdaderamente eran su vocación de escritor y las actividades revolucionarias con grupos de obreros anarquistas, no importándole meterse en conflictos políticos por graves que parecieran. Su padre, D. José Sender, fue a Madrid y obligó a su hijo a volver a casa, dado que este era menor de edad. Entonces, en Huesca, dedicó todas sus energías a la publicación de un periódico, LA TIERRA, diario que formaba parte de la Asociación de Labradores y Ganaderos del Alto Aragón. Como por su edad, 18 años, no podía ser oficialmente director, en este puesto figuraba el nombre de un abogado amigo suyo, aunque era el joven Ramón J. quien lo dirigía y
lo llevaba a cabo con gran esfuerzo y entusiasmo.


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INQUIETUDES POLÍTICAS



Al cumplir los 21 años (1922) tuvo que ingresar en el ejército. Intervino -como soldado,
cabo, sargento, suboficial y alférez de complemento- en la Guerra de Marruecos, durante los años 1922-24. Al regresar de Marruecos, ya libre del servicio militar, ingresó en la redacción de EL SOL, el periódico quizá más prestigioso de España en aquellos tiempos. Escribía toda clase de artículos y corregía manuscritos y pruebas. En estas actividades periodísticas, de gran valor
para su formación de escritor, trabajó desde 1924 a 1930. Por estas fechas, era un periodista altamente cotizado y sus novelas -especialmente Imán, basada en la guerra de Marruecos, y que se tradujo a varias lenguas- se publicaban en grandes ediciones. Siguió colaborando con otros periódicos, tales como SOLIDARIDAD OBRERA (de
la C.N.T.) y LA LIBERTAD. Además continuaba participando activamente en las revueltas
anarquistas. En 1927 (Ramón J. Sender tenía 26 años) estuvo en la cárcel Modelo de Madrid a consecuencia de sus actividades revolucionarias contra el régimen del General Primo de Rivera.


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LA REPÚBLICA



A fines de 1933 y principios de 1934 estuvo algunos meses en Rusia. En este periodo y
hasta la Guerra Civil Española (1936) se mostraba decepcionado por la falta de sentido de
organización de los anarquistas y se aproximó, atraído primero y decepcionado después, a los comunistas, aunque nunca perteneció al partido. En 1933 hay un hecho fundamental que le causa un malestar inconcebible: la represión
sangrienta de Casas Viejas, aldea de la provincia de Cádiz, donde unos pobres campesinos se habían sublevado. Arriesgando la vida, Ramón J. Sender fue a Casas Viejas pocos días después, se informó detalladamente de los hechos, como buen periodista, y los denunció duramente, con la crudeza de la verdad, en una serie de artículos que se publicaron en LA LIBERTAD y luego en el libro Viaje a la aldea del crimen (1934). La denuncia tuvo serias repercusiones y el Gobierno de Azaña tuvo que dimitir. En 1935 obtiene el Premio Nacional de Literatura por su novela Mr. Witt en el cantón.


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LA GUERRA CIVIL



Al estallar la Guerra Civil (1936) se encontraba con su mujer y sus dos hijos (un niño de dos años y medio y una niña de seis meses) veraneando en San Rafael, pueblo en la sierra del Guadarrama. Las tropas de Franco ocuparon esta zona y Ramón J. Sender decidió que su mujer e hijos se fueran a Zamora, con la familia de ella. Él pasó de noche las líneas del frente en medio de constantes peligros y se incorporó como soldado a una columna republicana que llegaba de Madrid. En el mes de octubre matan a su mujer en Zamora. Al quedar sus hijos desamparados en la zona de Franco, ya en 1937, pasó a Francia y pudo sacarlos por medio de la Cruz Roja Internacional, reuniéndose con ellos en Bayona, dejándolos en Pau al cuidado de dos muchachas aragonesas. Vuelve a Barcelona y pide que le envíen al frente de Aragón, al Segre, con las tropas de la C.N.T., pero los comunistas, por conflictos entre ellos y los sindicalistas, y desconfiando de Sender, no se lo permitieron. Consiguió, por esta época, viajar a Francia y estar dos meses con sus hijos. El gobierno republicano lo envió entonces a Estados Unidos a dar una serie de conferencias en Universidades y otros centros para presentar la causa de la República. Luego se le encargó la
fundación en París de una revista de propaganda de guerra titulada LA VOZ DE MADRID. Las dificultades en España continuaban, y los conflictos violentos dentro la facciones que se disputaban el poder llegaron a decepcionarle tanto que decidió salir de España. A fines de 1938 pasó otra vez a Francia y ya no regresó. Estuvo viviendo en Orsay, cerca de París, de los derechos de autor que tenía depositados en el extranjero. Ofreció varias veces sus servicios a los comunistas, pero éstos lo rechazaron. Sólo cuando Barcelona cayó en poder de Franco le invitaron a regresar, pero viendo que España no tenía ya solución decidió marcharse
con sus hijos a México.


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EL EXILIO



En marzo de 1939 (la guerra acabaría en abril) se embarca como tantos exiliados hacia
México, en donde vivió hasta 1942, año en que se trasladó a Estados Unidos. En Estados Unidos se casó por segunda vez y allí continuó escribiendo con la misma intensidad de siempre, trabajando al mismo tiempo como profesor de literatura espa¤ola en varias universidades. Regresa a España para pasar largas temporadas en 1976, declarando la intención de volver de nuevo para fijar ya su residencia en el país de su infancia, adolescencia, juventud y primeros años de madurez... En 1980 solicita desde San Diego -California- recuperar la nacionalidad española y renunciar a su nacionalidad estadounidense. Muere dos años después en Estados Unidos el 16 de enero de 1982.


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LA OBRA DE SENDER



Marcelino C. Peñuelas ha establecido una acertada clasificación de la obra de Ramón
J. Sender, en la que reseña las principales tendencias de su variedad narrativa:

I.- NARRACIONES REALISTAS CON IMPLICACIONES SOCIALES

Imán (1930), Siete domingos rojos (1932), Viaje a la aldea del crimen (1934), El lugar de un hombre (1939) y Réquiem por un campesino español (1960)

II.- NARRACIONES ALEGÓRICAS DE INTENCIÓN SATÍRICA,
FILOSÓFICA O POÉTICA

La noche de las cien cabezas(1934), La Esfera (1934), Los laureles de Anselmo (1958)

III.- NARRACIONES ALEGÓRICO-REALISTAS CON FUSIÓN DE ELEMENTOS DE LOS DOS GRUPOS ANTERIORES

O.P. (Orden Público) (1931), Epitalamio del Prieto Trinidad (1942), El rey y la reina (1949), El verdugo afable (1952), Los cinco libros de Ariadna (1957)

IV.- NARRACIONES HISTÓRICAS

Mr. Witt en el cantón (1935), Bizancio (1956), Carolus Rex (1963), Los tontos de la Concepción (1963), Jubileo en el Zócalo (1964), La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), Tres novelas teresianas (1967), Las criaturas saturnianas (1967)

V.- NARRACIONES AUTOBIOGRÁFICAS

Crónica del Alba, serie compuesta por 9 novelas, agrupadas en 3 tomos : (1) Crónica del alba. Hipógrifo violento. La "Quinta Julieta"., (2) El mancebo y los héroes. La onza de oro. Los niveles del existir., (3) Los términos del presagio. La orilla donde los locos sonríen. La vida
comienza ahora.
(1942 y 1966). Monte Odina (1981)

VI.- CUENTOS

Mexicayotl (1940), La llave (1960), Novelas ejemplares de Cíbola (1961), Cabrerizas Altas (1966), Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas (1967), El extraño señor Photynos y otras narraciones americanas (1968)

VII.- NARRACIONES MISCELANEAS

Contraataque (1938), La tesis de Nancy (1962) - a la que siguieron, dada la popularidad, Nancy, doctora en gitanería (1974), Nancy y el Bato loco (1974)-, La luna de los perros (1962), El bandido adolescente (1965)

VIII.- OTRAS OBRAS NO INCLUIDAS EN LOS APARTADOS ANTERIORES

ENSAYO: El problema religioso en México; católicos y cristianos (1928), Madrid-Moscú, narraciones de viaje (1934), Carta de Moscú sobre el amor (1934), Unamuno, Valle Inclán, Baroja y Santayana (1955), Examen de ingenios. Los noventayochos (1961), Valle Inclán y la dificultad
de la tragedia
(1965), Ensayo sobre el infringimiento cristiano (1967), Tres ejemplos de amor y una teoría (1969)

TEATRO: Hernán Cortés (1940), El Diantre, tragicomedia para el cine según un cuento de Andreiev (1958), Los antofogastas, Donde crece la marihuana (1967), Don Juan en la mancebúa, drama
litúrgico en cuatro actos (1968)

POESÍA: Las imágenes migratorias (1960), Libro armilar de poesía y memorias bisiestas (1973)

COLECCIONES DE ARTÍCULOS: América antes de Colón (1930), Teatro de masas (1932), Proclamación de la sonrisa (1934)

OTRAS NOVELAS: Nocturno de los catorce (1969), En la vida de Ignacio Morel (Premio Planeta 1969), Tanit, Monte Odina (1981), El viento de la Moncloa (1940), La Antesala (1971), Túpac Amaru (1973), La mesa de las tres moiras (1974), Las tres Sorores (1974), El fugitivo (1976), La mirada inmóvil (1979), Solanar y lucernario aragoneses (1978), Una virgen llama a tu puerta (1973), La luna de los perros (1962)



La mayoría de los datos de esta biografía se ha tomado del libro de Marcelino C. Peñuelas: "Conversaciones
con R.J. Sender"
, Colección Novelas y Cuentos, núm. 59. Madrid 1969. Editorial Magisterio Español S.A.- págs. 48-60

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AURELIO TRIGUEROS ALIA

atriguer@platea.pntic.mec.es

martes, 9 de enero de 2007

Homenaje del instituto cervantes virtual CVC (2003)
















Centro Virtual Cervantes

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Con esta exposición conmemorativa, realizada en cooperación con el Centro de Estudios Senderianos del Instituto de Estudios Altoaragoneses, el Centro Virtual Cervantes quiere rendir un homenaje, en el centenario de su nacimiento, a Ramón J. Sender, una de las figuras más prolíficas de la narrativa española del siglo XX. Autor de más de cien títulos, Sender dejó en cada uno de ellos la huella de su desbordante personalidad. Se ofrecen aquí diferentes valoraciones críticas sobre la vida y la obra de este excepcional novelista, por parte de prestigiosas firmas del ámbito cultural hispánico, además de una singular iconografía, ilustrada por el pintor José Luis Cano.

CVC introduccion

J.C. Ara Torralba: acerca de la figura, la vida y la obra de Sender:

Razones para un clásico del siglo XX


Juan Carlos Ara Torralba es profesor titular de Literatura
española en la Universidad de Zaragoza. Además de ser
autor de numerosos artículos, monografías y ediciones
críticas acerca de la historia literaria de los siglos XIX y XX
(Del modernismo castizo. Fama y alcance de Ricardo
León, A escala. Letras oscenses, edición de las
Obras Completas de Pío Baroja...), es miembro activo
del Centro de Estudios Senderianos y responsable de
la edición de las Actas El lugar de Sender, así como del
catálogo de la exposición Cartografía de una soledad.
El mundo de Ramón J. Sender.


Uno viene observando, de un tiempo acá, cómo andan asentándose algunas taxonomías aceptables para la localización cabal, en nuestra sinuosa enciclopedia, de los novelistas del convulso siglo pasado. En los días que corren proliferan los inventarios, razonablemente unánimes, y las colecciones que transparentan un progresivo consenso. Comienza el siglo XXI y llega la hora propicia (más una pizca de superstición cronológica) de clasificar, de sugerir especies y clásicos de las formas de escritura de la vigésima centuria. No parece lógica, sin embargo, la tenaz desubicación de la obra y figura de Ramón José Sender Garcés (Chalamera de Cinca, Huesca, 3-II-1901; San Diego, California, 16-I-1982) no sólo dentro del canon occidental sino del más modesto territorio de la historia literaria española.
Algo habrá que decir, sin embargo, de un novelista que no carece de lectores contumaces, de reediciones continuas, de traducciones a un holgado número de idiomas y, paradójicamente, de críticos que una vez sí y otra también señalan al autor de Imán como el cuarto gran novelista español, tras Cervantes, Pérez Galdós y Baroja. No deberían faltar cálculos y razones para tamaña elevación, y se me ocurre que el más sobresaliente de ellos (quizá por ser el de mayor profundidad) pasa por que la escritura de Sender alcanzó a recorrer la realidad de su tiempo con idéntica clarividencia que la de Cervantes y Galdós respecto de los suyos.
Sí, la novelística de Sender es esencialmente recursiva, extensa, ensayística en cuanto que preparado atento a captar los niveles del existir (título de un inolvidable libro de la enealogía Crónica del alba) del hombre del siglo XX. Como tal, a Sender no le faltó el requisito indispensable para ser un escritor de su época: la vocación de modernidad.

Sender manifestó en diferentes ocasiones esta propensión bien en juicios y afinidades electivas, bien en confidencias epistolares y menudas, como las correspondidas con su coterráneo y compañero de exilio Joaquín Maurín.
Conviene reparar en que tal característica, la de probar con solvencia diferentes modos de acercamiento a los niveles, se considera propia de cualquier artista clásico del siglo pasado, desde Picasso a Stravinsky. Ensayó Sender varias fórmulas, y ésta es la causa no sólo de que se hable de un primer o de un segundo Sender, sino también de la desubicación arriba sugerida.
Pero con la vocación no basta para ser clásico, ni siquiera en un siglo en el que poco a poco la apuesta (la propuesta, el gesto original y vanguardista) pareció valor suficiente en la sucesión de ismos y mercados culturales.
Sender añadió a aquella obsesiva voluntad un oficio narrativo sin el cual no se comprende la escritura compulsiva de miles de páginas
(ni tampoco, en similar orden de cosas, la hechura efectiva y la técnica impecable de los cuadros del admirado Picasso). Resultan reveladores, en este sentido, los consejos de veterano autor que Sender insinúa a su amigo Maurín tras haberle enviado éste, candorosamente, el borrador de una obra.

Hablaba allí Sender de confiarle trucos y otras artimañas de carpintería novelera. Un lector de Sender los intuye tras la perfección del
diseño de situaciones, composición y personajes. Desde la distancia crítica de lector no inocente puede intuirse, asímismo, que Sender tuvo su aprendizaje. Fue también mancebo de las letras como lo había sido de farmacia en su juventud, allá por tierras aragonesas y madrileñas. Largas jornadas de ejercicio periodístico (y con seguridad la lectura atenta de algunos maestros como Baroja, en el tono menor y aventurero, y aun Valle-Inclán en el épico-trágico) le adiestraron en el manejo magistral de su mejor arma literaria: la crónica. No debe olvidarse que Sender firmó cientos de artículos y crónicas en La Tierra oscense o en los madrileños El Sol o La Libertad, entre otras muchas revistas (cientos de artículos enviados cumplidamente a la «American Literary Agency» en intervalos precisos y durante años de penoso exilio), y que el título de una de sus obras más justamente afamadas es Crónica del alba. Así, en su indagación de los niveles del existir y de la realidad profunda de su tiempo Sender jamás olvidó los fundamentos documentales, cronísticos y aun reporteros. Todas las novelas de
Sender tienen una especie de grado cero, falsamente simple, de escritura. Hay una historia progresiva, lineal. Jamás falta el suceso.
Ahora bien, sin negar la habilidad de escritura de la ocasión, del sucedido o de la anécdota, el oficio y la vocación de Sender tendieron a trascender la crónica mediante la fundación de otros niveles de significado sobre aquélla; estratos progresivamente míticos, simbólicos; ensayos de explicación globales de la condición humana. Ambas cosas, crónica y alba,
son lo que queda y lo que más atrae de su escritura.

Con aquel bagaje imprescindible, Sender fue superando y asimilando, sucesivamente, el psicologicismo modernista, la crónica sentimental,
el documentalismo tremendo, el expresionismo, el existencialismo y aun el realismo mágico (hasta lisérgico) de sus novelas de madurez americana.
Un poco de todo ello hay en sus obras del largo exilio, y al análisis de tales modos han dedicado los más perspicaces críticos bastantes páginas.
A ninguno de los últimos les falta, claro parece, razón; señaladamente a los que atienden (allende etiquetas que hermanan justamente a Sender con los expresionistas alemanes de entreguerras, con Kafka, con Sartre o Camus, con Graves o Faulkner) los logros propios del que aspira a una vigencia canónica o enciclopédica (el imperativo atemporal) de sus novelas.
Uno de ellos es la tendencia natural de Sender a la mostración épico-trágica de conflictos individuales de un héroe arquetípico. Este aliento teatral suele identificarse con lo que Sender llamaba entrar en situación, y que en el autor de Los laureles de Anselmo pasó por someter a sus protagonistas (siempre solitarios, siempre perseguidos, siempre supervivientes) a encrucijadas
inevitables dentro de la armazón cronística y que dejaban al descubierto la condición más ganglionar (adjetivo tan grato al pensamiento senderiano, siempre atento a los vínculos de unión entre lo material y lo trascendente) o natural del género humano.

Esta obsesión por desenmascarar al hombre y dejarle solo frente a los impulsos más primarios puede detectarse desde Imán (1930) a En la vida de Ignacio More l (1969), y responde a ese designio primitivista y tremendo que recorrió las artes occidentales en el ancho campo cronológico que comprende el tranco 1920-1970, año arriba, año abajo. Propendió Sender a desbaratar las llamadas mistificaciones de la ideología y el arte burgueses mediante la denuncia documental y la trascendencia mítica. Estas inquisiciones se resolvieron en la narrativa senderiana a través de inevitables secuencias de culpa, expiación y violencia, trufadas de regresos a la infancia o de ascensos simbólicos a un mundo angelical y mágico. En Sender, este nivel, esta esfera monitora llegaría a confudirse naturalmente con el refugio en la memoria y en la propia escritura.
Tal vez sea la asombrosa capacidad de fabulación la que termine de explicar el porqué del carácter clásico de una narrativa senderiana que siempre partió del azar de la crónica y del sucedido hacia la lección mítica y consoladora. Y es que sólo los clásicos saben poner en tela de juicio la realidad aceptada; ellos conocen cómo sacudir e inquietar al lector con parábolas que procuran gozo y reflexión, que delimitan una nueva estética e incluso una nueva epistemología que al cabo de los años se entiende como normal o propia de una época pretérita, pero accesible.


Una escritura a lo largo.

El modo compulsivo de la escritura senderiana (que hunde sus raíces en toda una forma de ser y de entender, y que dio a la luz de la imprenta decenas de títulos, entre novelas y relatos breves) ha significado el principal obstáculo de la crítica a la hora de otorgarle un lugar definitivo en el olimpo de las letras contemporáneas.
Como bien indicó un veterano crítico senderiano, el pensamientode Sender nace al calor del tecleo congestionado de la máquina de escribir (más de seis horas –confesadas– de trabajo diario), y no al revés. Quiero decir: la novela senderiana surge en mayor medida del dictado de la letra y del azar de la escritura que discurre que de la ideación apriorística de un plan claro y exacto. Quien creía en el poder exorcizador y suficiente de la escritura, quien al cabo suponía más que una cierta identidad entre vida y literatura, no podía escribir de otra manera. La novela fue el espacio ideal para convocar recuerdos y documentos al hilo de una disposición lineal a la espera de los momentos trascendentes. Para una intensidad desnuda y sin adredes realistas, con niveles más difusos y superrealistas del existir, el curioso senderiano puede acudir a su poesía o a su pintura; para una argumentación original o incluso arbitraria (muy barojiana) de asuntos teóricos y afinidades electivas, léanse sus numerosos ensayos. En cuanto a los que denuncian una escritura desigual en Sender, sin sucesión continua y exclusiva de obras maestras, sería de desear que, por ejemplo, indicasen las similitudes profundas entre dos novelas maestras, el tan intenso y compacto Réquiem por un campesino español y el aluvión cronístico y sentimental de la enealogía Crónica del alba.
O, mejor aún, en Imán (1930), novela primeriza de Sender que asombró en su momento y que todavía nos deja perplejos por su perfección y novedad. En ella muchos han observado ya la existencia de un Sender hecho, el oriente de un novelista que nace maduro.
El éxito de Imán (30.000 ejemplares de tirada en su segunda edición, de 1933) no radicó únicamente en ser una novela de la guerra de Marruecos (el nivel cronístico, la denuncia documental); no podía serlo, a nada menos que nueve años de los sucesos que testimoniaba. De I m á n sedujo la capacidad de creación del primer protagonista solitario y perseguido (el soldado Viance) que Sender eleva del anonimato cronístico (un soldado más del desastre) a arquetipo humano (el héroe inocente que asiste a un espectáculo de horror y tragedia).
Parecidos asuntos se ventilaron en las novelas del periodo republicano. Desfilan algunos h o m b res nuevosque enfrentaban su lugar natural (material y ganglionar) a la violencia hipócrita del statu quo dominante. El anarquista (luego, efímeramente, comunista) Sender utiliza el documental cronístico para la denuncia combativa (Casas Viejas, 1933; Viaje a la aldea del crimen, (1934), pero también la biografía muy al uso del momento (reivindicación ganglionar y una pizca modernista de Santa Teresa en El verbo se hizo sexo, (1932), el relato de lección más urgente e inmediata (Siete domingos rojos, 1932, y O. P. (Orden Público), (1931) y, señaladamente, la fulgurante parábola expresionista (con la sorprendente y premonitoria La noche de las cien cabezas (novela del tiempo en delirio), 1934, y, en parte, con Historia de un día de la vida española, (1935).
De no ser por la quiebra dolorosa que significó la Guerra Civil, la aparición de Mr. Witt en el cantón (1936) hubiera supuesto la consagración definitiva de Ramón J. Sender como novelista nacional. La novela obtuvo, de hecho, el Nacional de Literatura, y miembros del jurado como Pío Baroja no dudaron en aplaudir los méritos clásicos de una novela histórica que se basaba en los episodios de la Cartagena cantonal. Todas las habilidades de carpintería pueden detectarse acá. No carece Mr. Witt, empero, de un recorrido de lectura simbólico sobre el que planean héroes semianónimos, personajes incompletos lastrados por la ideología burguesa caduca, intrigas, violencias y persecuciones. Ingredientes manejados en una topografía asfixiante, existencial, de huis clos.
Justo en medio de la vorágine bélica escribe Sender la novela-reportaje Contraataque (1938) y, al poco, de la maleta migratoria surge la asombrosa El lugar del hombre (1939)reelaborada y retitulada más tarde –1958– como El lugar de un hombre, donde Sender trascendentaliza un suceso real (el «crimen de Cuenca») paraofrecer al lector una de las más hermosas parábolas de la dignidad humana. Ya en América, funda la editorial Quetzal y publica en escaso lapso de tiempo El lugar del hombre, Proverbio de la muerte
(1939), Mexicayotl (1940), Hernán Cortés (1940) y Epitalamio del prieto Trinidad (1942).
De aquellas dos décadas (cuarenta y cincuenta) datan las que se consideran las más atractivas creaciones de Sender. Así, Crónica del alba (1942) es el título que inaugura una portentosa y significativa empresa de reinvención del pasado e i
nquisición del lugar personal, compuesta además por los siguientes ocho títulos: Hipogrifo violento (1954), La Quinta Julieta (1957), El mancebo y los héroes (1958), La onza de oro (1963), Los niveles del existir (1963), Los términos del presagio (1967), La orilla donde los locos sonríen (1967) y La vida comienza ahora (1967).
Si bien se mira, el propósito existencial, naif y alegorizante del escritor que se desdobla en el «Pepe Garcés» de Crónica del alba es muy similar al del Sender alienado en el «Saila» («alias» al revés) de La esfera(1947), reescritura de Proverbio de la muerte, una de las novelas más existencialistas e inquietantes del autor de Imán. La esfera fue lugar propicio para el ensayo alegórico, la mostración simbólica y la perpleja reflexión filosófica del exiliado que trasmutó en escritura expresionista su propia pesadilla personal. Cierta 'desrealización' teatral de la Guerra Civil en favor de una novela de lectura simbólica acompañó la escritura de El rey y la reina(1949), libro también de atmósfera cerrada y sofocante en el que, una vez más, la sucesión azarosa de los acontecimientos forzaba a los protagonistas a una suerte de agonismo desnudo, primitivo, inaplazable.
Fue Sender, con el transcurso de los años y el afianzamiento de una fama literaria ultramarina, progresivamente consciente del exacto lugar desde donde escribía, lo que contribuyó a una construcción mucho más matizada de sus novelas, quizá menos rica en adredes y pretextos inmediatos (el factor crónica), pero de seguro más literaria (reinvención libérrima del fondo sentimental a gusto del que se siente muy cómodo fabulando). Buena prueba de ello es la serie de novelas memorables que comenzaría con El verdugo afable (1952), libro este donde la convocatoria de recuerdos es regocijada y amarga a un tiempo, donde lo que se cuenta y, ante todo, cómo se cuenta, delata la existencia de un narrador juguetón ymordaz, severo y sonriente, malhumorado y bienhumorado según y a gusto. Con todo, el mejor botón de muestra de lo que queremos decir podemos observarlo en Mosén Millán (1953), anticipo del afamado Réquiem por un campesino español (1960). Allí Sender logró que, en último término, todas las virtudes del relato se concentraran en la diestra estrategia del narratario, de tal modo que la lectura resultante pareciese fruto de una memoria colectiva abstracta e incontrovertible. También en Los cinco libros de Ariadna (1957, largo texto anticipado en Ariadna, 1955) el grotesco juicio que otorga apariencia estructural a la novela no es sino ensayo delnarrador juguetón para dar forma a un ajuste de cuentas con cierto pasado personal y con las actuaciones comunistas en la Guerra Civil. Y no olvidemos la adopción del modo de «fantasía dramática» elegido como enmarcación alegórica de Los laureles de Anselmo (1958) .
Estas magnitudes de la fuerte personalidad del narrador se impusieron a nuevas topografías descubiertas por Sender. Nos referimos a América y a la Historia más remota, lugares a donde Sender trasladó naturalmente sus recurrencias temático-estilísticas.
Ya hemos citado que Mexicayotl y Hernán Cortés fueron publicados en la década de los cuarenta, pero veinte años más tarde un Sender maduro los fagocitó en Novelas ejemplares de Cíbola (1961) y Jubileo en el zócalo (1964), respectivamente. A estos excelentes libros de tema americano deben sumarse la excelente Epitalamio del Prieto Trinidad (1942), los cuentos de Relatos fronterizos) (1970) , o incluso la saga humorística –tan denostada por la crítica– de Nancy;La tesis de Nancy (1962), Nancy, doctora en gitanería(1974), Nancy y el bato loco (1971), Gloria y vejamen de Nancy(1977) y Epílogo a Nancy (1984). En paralelo (y aun en tangente) se sitúan unas novelas históricas que, como las contemporáneas de Graves o Yourcenar, procuran una exploración de la trágica y violenta condición humana. Sender penetró libérrimamente en los episodios históricos que le interesaban para hacer de ellos un nuevo deambulatorio de hecatombes, delirios, traiciones, barbaries, heroísmos y chispazos líricos.
A diferentes grados, encontramos un poco de todo ello en Bizancio (1956), Carolus Rex (1963), Los tontos de la Concepción (1963), El bandido adolescente (1963), La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (1964), Las criaturas saturnianas (1968), Tres novelas teresianas (1967), Las gallinas de Cervantes (1967), Túpac Amaru (1973) y El pez de oro (1976).
Las últimas novelas citadas de la serie abundan, por lo demás, en algunos caracteres propios de la postrera etapa del escritor.
Entre ellos, es muy notable la progresiva tendencia a la creación de relatos (y aun excursos)con sentido profético, un sí es no es apocalíptico. Y es que conforme se fue agotando el fondo sentimental del escritor, y esquilmada la convocatoria medianamente ordenada de fantasmas, obsesiones y recuerdos, Sender convirtió su jardín de escritura en un tíovivo de fantasías de la memoria que menoscabó el sustrato cronístico. Determinados sucedidos no serían sino pretextos para complacientes y regocijados ajustes de cuentas, o bien para inmediatas relecturas en una ensimismada y hermética esfera simbólica. Así hay que leer las novelas ordenadas bajo signos zodiacales y relatos como El regreso de Edelmiro o Chandrío en laplaza de las Cortes (1981). Pero no faltaron tampoco textos de calidad mayor (incluido el premiado En la vida de Ignacio Morel) como la galería de suicidas de Nocturno de los 14 (1969), o renovados recuentos y reelaboraciones tales que El superviviente (1978) y El fugitivo (1976).

Los niveles del existir
Fue Sender a la vez hijo y fugitivo del siglo. Lo vivió y lo escribió extensa, intensamente, siendo esta última actividad clarividencia y exorcismo a un mismo tiempo. Quizá por ello memoria y biografismo se erigen en instancias imprescindibles para comprender gestos e improntas senderianas, y aun en tentaciones para reconstruir positivamente lo que no debería pasar por plana ejecutoria documental sino por parábolas inexcusables de un ciudadano, de un país y de una civilización en continua crisis.
Por descontado, lo que leemos en las novelas de Sender es pura literatura, y lo que le convierte en clásico no es lo que contó, sino cómo lo hizo: la capacidad de transmitir las convulsiones de un siglo con los nuevos y perplejos modos de percibirlo. Sender vio en lo que hay, como lo hicieron Picasso, Kafka, Grass, Faulkner o Borges, porque adoptó la manera más efectiva de captar los diferentes niveles de la existencia. Sender, al cabo, añoró siempre los ojos abiertos e inocentes del niño, el territorio de la infancia, tal vez por haber sido testigo de acontecimientos terribles. Hijo de un administrador de tierras y de una maestra, de pequeño hubo de observar la realidad dura y caciquil del agro aragonés, de sufrir la severidad de un padre dominante. En la adolescencia mostró su carácter irreductible y montaraz, siempre dispuesto a la fuga y al desasimiento suficiente.
Tuvo también sus años de niño bien en la Huesca de 1919-1922, cuando dirigía el periódico comarcano La Tierra, pero el servicio militar en tierras coloniales marroquíes le enfrentó una vez más a una realidad acre y hostil.
De La Tierra pasó a El Sol madrileño, donde ejerció, como sabemos, de sutil croniqueur de lo cotidiano. Su temperamento sedicentemente montañés poco condecía con la calma chicha de la dictablanda, por lo que no sorprende que en los amenes de aquélla se echara al monte anarquista. Estos años, y los subsecuentes republicanos (1928-1936), arrastraron a Sender, como a tantos artistas occidentales, a tomar partido urgente por una solución final redentora. El hombre nuevo. Sender principió de anarquista pero, insatisfecho con los métodos del anarcosindicalismo, vio en la disciplina comunista un método más eficaz para la revolución. Casado con Amparo Barayón y consagrado en enero de 1936 como novelista nacional, Sender podía aparecer a los ojos de un revirado Baroja como un dandy comunista más, remedo del matrimonio Alberti-León. La Guerra Civil, sin embargo, marcaría a fuego en la conciencia de Sender el emblema de fugitivo y superviviente: en pocos meses son fusilados su mujer Amparo y su hermano Manuel mientras él está peleando en el frente; con dos pequeños hijos a cuestas y perseguido por algunos mandos comunistas, comienza un periplo de Saila que termina en tierras norteamericanas. A pesar de su individualismo cerril y de una susceptibilidad epidérmica –y hasta paranoica–, Sender también es un paradigma de artista trasterrado. Tuvo como referencia obsesiva la patria abandonada aunque sin necesidad de frecuentar más grupos de españoles que él mismo. Ciertamente, el solitario Sender del exilio se replegó en su febril escritura, frecuentó su memoria y, según sabemos, convocó una y otra vez los recuerdos y los fantasmas en una suerte de sentimiento de culpa aliviado por la reinvención idealizada de un pretérito progresivamente más abstracto. Tal que sus compañeros de suerte, se las apañó para ejercer de profesor universitario y para colocar, con fortuna, buena parte de las miles de páginas nacidas de su grafomanía. Cuando hubo ocasión de regresar a España, el Sender esotérico de esferas armilares y signos zodiacales no fue entendido en un país que le esperaba como una suerte de imperturbable novelista social y revolucionario; nada más lejos del bregado anticomunista arrepentido (como tantos intelectuales occidentales de renombre) de haber sido compañero de viaje años ha. Desde bastante tiempo antes de la recuperación editorial española (mediados los años 60) Sender estaba muy a gusto reescribiendo en las salas de su memoria personal, en aquella inolvidable biblioteca de Monte Odina, título del libro de 1980.
El placer de leer a Ramón José Sender Garcés no estriba en el reconocimiento de qué personajes reales aparecen en Crónica del alba, como tampoco la fruición de contemplar Las señoritas de Aviñón consiste en la rebusca de fotografías y partidas de nacimiento de las susodichas. La novelística de Sender fue cualquier cosa menos a propósito de algo; por tal razón, la de deambular con suficiencia por los diferentes y plurisignificantes niveles del existir, la reputamos como paradigma de un hijo aventajado del siglo XX.